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miércoles, 11 de marzo de 2015

Empresas con surtidor propio

Hace algunos años en la mesa de directorio de Maniagro Argentina tomaron la decisión de aprovechar el principal residuo de producción de la firma para generar un combustible alternativo, que les permitiera reducir costos y preservar el medio ambiente. Así nació, en esta empresa de 150 empleados de Villa Cabrera (Córdoba), el proyecto de utilizar la cáscara del maní como biomasa, a fin de avanzar hacia la sustitución de combustibles convencionales.
“Nos propusimos ser autosustentables. La generación energética de la biomasa de la cáscara del maní nos genera 90% de la energía eléctrica utilizada en nuestro proceso. También reemplazamos 60% del consumo de GLP (Gas Licuado)”, dice Alejandro Riveros, gerente de la empresa.
El de Maniagro no es un caso aislado. Se podría decir que, aun en medio de cierta confusión, hay un cambio cultural en marcha y mucho tendría que ver en ello la progresiva toma de conciencia empresarial. También estaría influyendo la aparición de programas del sector público, que promueven la reconversión energética de los actores privados.
“La mayor eficiencia energética en las empresas se traduce en mejoras competitivas y operativas, en muchos casos a partir de una doble ventaja: la producción de energía por un lado y la eliminación de residuos propios por el otro”, dice Jorge Andreotti, consultor especializado en energía y telecomunicaciones. “Además, es importante para el país, que desde hace algunos años es importador neto de energía.”
La huella de carbono
La cordobesa Aceitera General Deheza (AGD) fue una de las que marcó el camino: en 2001 (mucho antes de la actual crisis energética), AGD puso en funcionamiento una planta para generar energía térmica a partir de cáscara de maní y de girasol, en reemplazo de gas natural. Algunos años después, incorporó a la instalación un grupo turbogenerador para efectuar la cogeneración de energía térmica y eléctrica a partir de vapor.
La empresa de la familia Urquía, una de las principales cerealeras del país, hizo punta no sólo en autoabastecimiento energético sino en sacar provecho de los estímulos que brinda la Organización de las Naciones Unidas: en 2007, la ONU les otorgó 31.000 Bonos de Carbono por año, a partir de 2008 y durante 21 años. Estos bonos son comercializados en bolsas de todo el mundo (incluida Buenos Aires) y se otorgan a razón de uno por cada tonelada de carbono que deja de emitirse. Los compradores suelen ser grandes empresas de países desarrollados.
El consultor Enrique Rabinovich asegura que los esfuerzos de autoabastecimiento con combustibles alternativos en el país son absolutamente viables, por la presencia de materias primas y recursos, tanto humanos, como tecnológicos. “Es una alternativa para bajar costos y para proteger el medio ambiente, a través de certificaciones como Huella de Carbón y Huella de Agua. Además, se crea mano de obra adicional.” Rabinovich aporta otro ejemplo: las toneladas de aserrín producidas en Corrientes y Misiones, subproducto de la forestación y de los aserraderos de la zona, que pueden ser transformadas en biocarbón, considerado un combustible renovable y de certificación para bonos verdes, por su contribución al medioambiente. El biocarbón puede aportar energía para el funcionamiento de empresas productoras de papel, hornos de cementeras y de materiales cerámicos hasta centrales termoeléctricas de generación de energías. Ademas, es más barato: el biocarbón cuesta 150 dólares la tonelada y el diésel, 1.000 dólares.
Los combustibles alternativos también pueden ser obtenidos de grasas animales, barros blancos, cáscaras (arroz, girasol, maní), el bagazo de la caña de azúcar e incluso de excrementos de ganado. “En muchos casos, a partir de estos residuos se puede obtener un diésel puro prácticamente limpio, sin azufre, que puede utilizarse en tractores, cosechadoras, barcos, motores gasoleros, calderas de diesel, etc. Esto no demanda quemadores especiales, ni otro tipo de ajuste y se libera dióxido de carbono casi puro”, afirma Rabinovich.
Maniagro se inscribe entre las pymes que sacan doble provecho del autoabastecimiento. “Desde junio del 2012, contamos con la medición de Huella de Carbono corporativa y de producto”, cuenta Riveros. “Además, nos hemos propuesto utilizar la figura de generación distribuida para poder replicar el modelo en otras empresas del sector. El formato nos permite aportar nuestros excedentes a la oferta energética nacional, para que pueda ser utilizado por otros sectores, además de reutilizar el 100% de los residuos de los procesos y generar nuevos puestos de trabajo.”
Un buen negocio
En Transcom, una firma de Saladillo, dedicada a la producción intensiva de pollos, cerdos y vacunos, que genera en sus campos los alimentos que consumen los animales, disponen desde hace un tiempo de un sistema de autoabastecimiento energético para máquinas y vehículos: el biodiésel.
“Optamos por el biodiésel que logramos a partir de la soja, con la idea de avanzar en la cadena de valor y achicar los costos de producción de nuestra empresa”, afirma Antonio Riccillo, titular de Transcom. “Lo utilizamos cien por cien puro y la única dificultad que afrontamos es que debemos cambiar con mayor frecuencia los filtros de combustible.”
Según Andreotti, en la Argentina, las empresas que se autoabastecen energéticamente lo hacen, por lo general, con biocombustibles producidos en sus mismas plantas. “Aprovechan los residuos de dichos procesos, o destinan parte de la producción a ese objetivo”, dice.
Otra experiencia que vale la pena conocer en términos de eficiencia energética es la de Yanquetruz, un criadero de cerdos de Juan Llerena (San Luis) que utiliza un biodigestor: se trata de un depósito hermético que facilita la descomposición de la materia orgánica y posterior salida del biogás a través de una válvula de control. El combustible del biodigestor es desde los excrementos de los cerdos hasta maíz o sorgo, suficiente como para alimentar dos grupos electrógenos de 765 KW cada uno.
Con esos dos grupos electrógenos no sólo generan la energía necesaria para la calefacción de las instalaciones porcinas, el sistema de riego y la planta de alimento balanceado de la empresa. Además, como la generación sobrepasa la demanda del establecimiento, una parte de la energía generada se vende al Sistema Interconectado Nacional.
Por su parte en Manfrey, una cooperativa de Tamberos de Freyre (Córdoba), localidad a la que no llega el gas natural y, en consecuencia, la demanda de energía térmica debe cubrirse con fueloil, se encuentra avanzado un proyecto de sustitución de ese combustible por energía renovable. El proyecto consiste en generar entre 60 y 70% de su propia demanda térmica a través de tecnología de gasificación (Updraft), que utilizará unas 50 toneladas de chips de madera/día de los residuos de un aserradero cercano.
Al norte de Córdoba, en San Pedro, funciona la planta de quesos de cabra La Majadita, fundada hace ocho años por Lidia Juárez, una maestra jubilada interesada en mejorar la calidad de vida de los productores caprinos y de la leche que ellos le proveen.
“Los productores no tienen luz eléctrica y usan la garrafa social, que es cara y no se consigue todo el año”, dice Juárez. “Por ese motivo, junto a la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Córdoba desarrollamos un proyecto de creación de biodigestores, que se alimentan con guano de cabra y agua en partes iguales. De ese modo, se pueden alimentar los freezers a gas para conservar la cadena de frío de la leche”, agrega la emprendedora, quien plantea que les están faltando fondos para finalizar el proyecto.
En la consultora Ambiental Solutions destacan dos grandes ventajas del uso del biodiésel. “La base fundamental es que la utilización de mayores concentraciones de biodiésel en el corte con el diésel genera un ahorro que puede llegar al 30%, mientras que el costo de inversión en la planta de biodiésel se puede llegar a repagar en menos de un año usando un combustible renovable”, dice José Luis Martínez, socio de la consultora. “Y desde el punto de vista ambiental, el ahorro de dióxido de carbono llega a 8.900 toneladas por cada 10.000 metros cúbicos de combustible utilizado”.



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